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Kilesas: Las tres impurezas o contaminaciones mentales

Escrito y publicado originalmente el 19 de junio de 2017 en WordPress.

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Esto no sólo es para los amigos interesados en el Buddhismo sino también como base teórica para la astrología kámmica que estamos construyendo (un tipo de astrología hermanada con la Doctrina del Buddha tal como está registrada en el Canon Páli, diferenciada de la astrología kármica, que se nutre del vedismo/brahmanismo).

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Las tres impurezas o contaminaciones (kilesa)

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Amigos, el Despierto (Buddha) habló de tres impurezas o contaminaciones (en páli lobha, dosa, moha). Esas son las kilesas (kilesa, en idioma páli).

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  • Lobha: codicia, avaricia, deseo. Se refiere a los pensamientos que surgen cuando algo nos atrae y genera adicción, sed, lujuria, anhelo, deseo vehemente.
  • Dosa: odio, desprecio, animadversión. Se refiere a los pensamientos que surgen cuando algo nos repele y nos genera repulsión, rabia, desprecio.
  • Moha: ignorancia, no-conocimiento, fantasía, confusión. Se refiere a los pensamientos y estados mentales que surgen basados en el engaño, en la fantasía, las ilusiones, la ignorancia, la percepción errónea de la realidad, la ausencia de conocimiento o sabiduría.

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La primera tarea del practicante del Dhamma no consiste en atacar o erradicar las impurezas: consiste solamente en hacerse consciente de ellas. Hacerse consciente de la mente y de los contenidos mentales es la primera tarea. El Buddhismo o la práctica del Dhamma podría resumirse, como dice el Ven. Samahita, en esta frase: “mente que ve mente” (“mind that sees mind“); es decir, la mente que se observa a sí misma, que se vigila y se examina a sí misma. Este es el primer paso. Esto se puede hacer en cualquier momento y no solamente durante la meditación. De hecho, no hace falta meditar para hacer este primer paso y sin embargo este primer paso es como la meditación que la mente lleva a cabo mientras está en movimiento haciendo otra cosa.

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Por ejemplo: estoy viendo televisión y veo imágenes de un ser humano joven y atractivo. En mi mente surgen pensamientos de deseo, de agrado, de placer, etc. En ese momento mi mente se observa ella misma y aparece este pensamiento: “hay deseo en la mente, hay placer en la mente causado por estas imágenes…” Esto es la mente que está reconociendo sus propios procesos mentales, sus propios contenidos. Está reconociendo también la primera raíz o impureza, la impureza del deseo (lobha). Es la mente que está consciente de un pensamiento nacido en la dinámica de lobha.

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Al principio uno no tiene que reaccionar a ese pensamiento. Hay dos maneras de enfrentar este asunto. Uno puede:

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........a) asumir que esos contenidos mentales me pertenecen, que son parte de un yo convencional, que son parte de lo que soy, en un sentido convencional.

........b) darme cuenta que en realidad esos contenidos mentales no son algo que me pertenecen sino algo que ocurre en esta mente, que no son parte de un yo metafísico o absoluto porque en realidad semejante yo no existe.

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Voy a explicar la opción b) primero. En esta opción uno no tiene que decir o pensar: “soy malo porque tengo deseo en mi mente” o “soy un cochino, soy un cerdo, soy una persona ordinaria”. Porque en realidad no somos nuestra mente ni nuestros contenidos mentales. Yo no soy ese pensamiento de deseo. Para la persona que comprende esto, está consciente que no hay un yo permanente en esa fórmula, y por eso la mente dijo “hay deseo en la mente, hay placer en la mente causado por estas imágenes”. Esta es la persona que comprende el rasgo llamado anattá (no-yo, sin-ego-identidad). En esta persona, cuando la mente se observó a sí misma, la mente no dijo: “soy esto o aquello, tengo esto o aquello…” No. La mente dijo: “hay esto o aquello, está ocurriendo esto o aquello”. Cuando uno dice o piensa: “soy malo, soy un cochino, tengo lujuria, etc”, en estos pensamientos hay una idea de un yo permanente, de un yo pensante. El Buddha enseñó la inconveniencia, la inhabilidad, el error de tener pensamientos basados en la idea de un yo permanente. Estos pensamientos son inhábiles, inconvenientes, porque traen sufrimiento a la persona: mientras creas que hay un yo permanente que genera pensamientos de lujuria, o que posee las tres impurezas, existirán pensamientos del tipo “soy un cochino, soy un cerdo, soy lujurioso, soy malo, etc”.

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Se dice que estos pensamientos son un error, o que son inhábiles, porque la persona se identifica con el mal, estableciendo una relación directa entre la identidad del yo y la identidad del mal que son las tres raíces o impurezas. Es el mismo error que se comete cuando la persona dice o piensa: “soy malo, soy malvado, soy perverso” o “tengo maldad, tengo malicia, tengo perversidad en mi mente”. En la opción a) veremos que hay una manera de sacarle provecho a estos pensamientos, pero primero quiero mostrarte que ni siquiera es necesario tener pensamientos de ese tipo, pensamientos basados en un yo y en tener o poseer. Esta es una de las enseñanzas avanzadas del Buddha porque es una enseñanza que toca el tema de anattá, que es un tema difícil de comprender. Entonces por eso vemos que esa opción b) que estamos explicando es común encontrarla en el entrenamiento que el Buddha dio a los monjes y monjas, mientras que el enfoque de la opción a) a veces lo encontramos en los discursos del Buddha a las personas laicas, sobre todo a aquellas que intelectualmente no podrían entender la profundidad de la enseñanza sobre anattá.

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Entonces, el primer “truco” de la práctica del Dhamma es saber que no hay un yo permanente en esta persona. Existe la persona, existe el ser, existe el yo, pero no son permanentes ni son realmente dueños de algo como usualmente pensamos. Si asumo que la lujuria “me” pertenece, estoy implicando que hay un yo que es como un señor, un amo, un dueño de contenidos mentales y en realidad tal yo no existe como una realidad estable o fija. Sí existe es un yo o un ser, pero es algo cambiante y no es una especie de amo o señor o dueño de nada.

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El pensamiento más hábil, más conveniente, más sabio, es simplemente reconocer el proceso del deseo en la mente: “en esta mente está surgiendo el deseo”, o “hay un pensamiento de deseo en esta mente”, o “está ocurriendo un estado mental de placer sensual causado por tales y tales imágenes sensoriales”. Estos son los pensamientos hábiles. Así es como el Buddha literalmente lo enseña en el Canon Páli. Ni siquiera estoy “adaptando” o “modernizando” la enseñanza del Buddha. La estoy explicando tal cual como está en el Canon Páli. Cuando no te identificas con el mal que ocurre en la mente por medio de esos pensamientos hábiles que escribí más arriba, la idea de que eres malo no se cristaliza, no se vuelve sólida. Uno se comporta de acuerdo a aquello que uno cree que es. Si piensas que eres malo, malvado, que tu yo posee la cualidad de la maldad, estarás creando un vínculo mental con las impurezas y ese vínculo hará que efectivamente te comportes (o quieras comportarte) como si realmente fueras una mala persona.

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En realidad los pensamientos hábiles de la persona que ha comprendido el rasgo anattá evitan que también se identifique con el bien. Tal identificación también puede ser dañina porque la persona que piensa todo el tiempo “soy bueno, soy bondadoso, soy puro, tengo pureza, tengo bondad, etc”, puede caer en la vanagloria de creer que es mejor que los demás, en el orgullo espiritual. Entonces, estas son las dos cosas que erradicamos al tener pensamientos hábiles carentes de la creencia en un yo:

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  1. La persona ya no se identifica con el mal [y esto hace que sea más fácil deshacerse del mal, además la persona evitará vivir atormentada, confundida, conflictuada por ser mala o por tener tendencia a la maldad], y
  2. la persona no se identifica con el bien [y esto hace que la persona no se vanaglorie o se vuelva arrogante; se elimina así toda forma de orgullo espiritual o complejo de superioridad].

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Fíjate que la identificación que la persona hace entre su yo y las impurezas mentales (por ejemplo, la tendencia a la maldad) es algo que podemos ver tangiblemente en la realidad de las personas que están presas. Es lo que le ocurre a la mayoría de los delincuentes y criminales: al momento que cometen sus primeros crímenes comienzan a enterrarse cada vez más profundo en el mal, porque mientras más lo hacen más fuertemente creen que son malos. La cadena, la atadura, el vínculo psicológico entre un supuesto yo fijo y la capacidad de generar contenidos mentales impuros (o malos) se hace más fuerte. El delincuente duro o habitual dice y piensa entonces: “soy malo, esto es lo que soy, esta maldad es mía, me pertenece, yo la genero, yo la causo, yo la creo…” Tal persona se comportará siempre como lo que cree que es. La posibilidad de superarse a sí mismo, de “regenerarse” queda así estancada, imposibilitada.

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Si nos enseñaran desde pequeños que no poseemos un yo permanente y que el mal es simplemente un estado mental que ocurre en la mente, las personas que cometieran un crimen o una maldad no podrían identificarse con el mal, no se verían a si mismos como criminales, como malas personas, y por tanto no caerían en esa espiral descendente de maldad que los lleva a cometer crímenes cada vez más terribles. Algunos psicólogos y psiquiatras saben esto y por eso les dicen a algunos de sus pacientes (o clientes) que eviten pensar que están enfermos, que eviten pensamientos del tipo “soy un enfermo mental” o “soy una mala persona” y similares. Pero, ¿esto no es negación? Si tenemos un problema mental, no deberíamos aceptarlo, reconocerlo. Sí, el punto es que ese reconocimiento no tiene porqué suceder con la identificación del yo y de la enfermedad (o la maldad): podemos reconocer que hay procesos mentales insanos o malvados en nuestra mente (no en “mi mente” sino en “esta mente”) sin caer en el pensamiento de un yo permanente y en la idea de que ese yo permanente posee tales pensamientos, como si fuera una especie de dueño o señor o amo de algo.

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He aquí la increíble y profundamente revolucionaria Enseñanza del Buddha en términos psicológicos y espirituales en el tema del yo y de la doctrina de anattá. Aquí en América, donde todavía prevalece la creencia en un yo permanente y fijo, y la creencia en un alma inmortal o yo metafísico, se ve esta doctrina de anattá como algo malsano, como algo dañino. Pero en realidad lo que el Despierto enseñó (y estoy totalmente de acuerdo con esto) es que, la creencia malsana, la creencia dañina es realmente la creencia en un yo permanente y fijo, la creencia en un alma inmortal, un espíritu divino o un yo metafísico. Esta creencia es realmente la que nos confunde y nos desvía. En realidad no existe ninguna evidencia de que tal cosa exista y todo en la naturaleza de hecho apunta a la idea de que no hay nada fijo y permanente en el mundo.

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Entonces, es un error parecido identificarnos con el bien también pensando que nuestro yo es una cosa definida, fija, estable. Son los pensamientos del tipo: “estoy sano, soy sabio, soy inteligente, tengo bondad, tengo generosidad, etc”. Igual estos pensamientos están basados en la idea de un yo permanente y de que ese yo permanente posee cualidades y virtudes. Estos pensamientos no conducen a la actividad criminal pero sí conducen a un estado mental de vanagloria, de arrogancia, de auto-engrandecimiento, de falta de modestia, falta de humildad. En el Theravada los monjes nos dicen “haz el bien sin aferrarte al bien”. Lo que esto significa es que uno hace el bien sin tener pensamientos del tipo “estoy haciendo el bien” o “tengo tal y tal virtud”, o “soy bueno y generoso”. Estos pensamientos están basados en el yo. Con pensamientos de este tipo uno se aferra al bien, lo cual genera más adelante un falso sentido de superioridad. Uno debe hacer el bien y ser generoso y reconocerlo de la siguiente manera: “hay bondad en esta mente”, o “hay sabiduría en esta mente”, o “hay generosidad en esta mente”, o “esta mente está actuando con altruismo”, etc. Es igual que en el ejemplo de la persona que está viendo la televisión y ve a un joven atractivo en la pantalla: la persona reconoce los procesos mentales que están ocurriendo en ella pero no usa la etiqueta mental del “yo” o del “yo tengo”. Así como esto se hace para detectar las impurezas (kilesa) en la mente, también se hace para detectar las virtudes y cualidades nobles en la mente.

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Todo esto se refiere a esa opción b) que mencionamos más arriba. Ahora vamos a tratar la opción a).

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Cómo sacarle provecho a los pensamientos basados en el yo…

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El Buddha enseñó que podemos sacarle provecho a todo para nuestro beneficio y avance en el Noble Sendero. Los pensamientos basados en la idea de un yo permanente y en la idea de que ese yo posee cualidades ciertamente son tóxicos, pero son tóxicos o inhábiles porque asumen que el yo es fijo o estable, o que el yo es una especie de amo que posee tal o tal cosa. Cuando logramos internalizar, comprender, que el yo no es estable y fijo, ni tampoco una entidad metafísica, podemos tener pensamientos basados en el yo que no sean tóxicos o inhábiles. Esto es lo que llamamos hablar en términos convencionales, o referirnos al yo convencional, o al ser convencional. Este ser o yo convencional existe, si bien no es permanente ni fijo ni perfecto.

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Habiendo entendido lo anterior, podemos tener pensamientos basados en el yo y sacarles provecho. El Buddha explicó que los Buddhas y los Arahants utilizan el lenguaje convencional y el yo convencional para comunicarse con las personas y poder hacerse entender. Si el Buddha hubiera enseñado el Dhamma tal cual como el Dhamma se ve en la mente de los Buddhas, seguramente nadie le hubiera entendido (porque un Buddha sólo puede hablar “lenguaje búddhico” con otro Buddha, con los Arahants [santos iluminados]; para hablar con personas no-iluminadas ese lenguaje debe ser adaptado, “traducido” a lenguaje ordinario). Incluso hoy nos sorprendemos de lo profundo y avanzado que es el lenguaje del Buddha, ¡un lenguaje adaptado a personas no-iluminadas de hace 2500 años!

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Podemos sacarle provecho a todo, incluso a las cosas que nos causas repulsión, incomodidad, desagrado, etc. Por ejemplo, si tienes muchos pensamientos sensuales, muchos pensamientos motivados por lobha, mucha lujuria, y ya sabes que eso se está convirtiendo en un problema (por ejemplo, en adicción al sexo, o a la televisión, o a la pornografía), entonces puedes tener pensamientos convencionales de este tipo: “Este estado mental es ordinario, estos pensamientos son vulgares, básicos, animales, bestiales. No quiero ser una persona vulgar, básica, ordinaria… No quiero ser un animal, una bestia.” Estos pensamientos están basados en la idea de yo y de que el yo puede tener ciertas cualidades temporalmente, pero también son pensamientos donde le ordenas a tu mente que debe haber un cambio, que los procesos mentales motivados por lobha son inconvenientes porque te hacen una persona vulgar, básica, ordinaria, animal, bestial, y tú no quieres ser eso. Tú quieres ser una persona excelente, noble, superior, una persona virtuosa. No sabes si lograrás ser completamente puro en esta vida pero por lo menos quieres que tu pureza y tu virtud sean mayores que tus impurezas y contaminaciones.

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¿Ves cómo volvimos a la manera convencional de hablar?

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Los procesos mentales motivados por lobha son inconvenientes porque te hacen una persona vulgar, básica, ordinaria, animal, bestial, y tú no quieres ser eso. Tú quieres ser una persona excelente, noble, superior, una persona virtuosa. No sabes si lograrás ser completamente puro en esta vida pero por lo menos quieres que tu pureza y tu virtud sean mayores que tus impurezas y contaminaciones.

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Aquí volvemos a retomar la idea del yo y del ser, pero ahora la estamos utilizando a favor de un sentido de urgencia espiritual (samvega) para generar un cambio. Si sólo nos quedamos con la comprensión de que el yo no es fijo ni permanente y de que los contenidos mentales no son posesión de un yo, entonces caemos en un estado de indiferencia, de abulia, un estado el que no nos importará mejorarnos a nosotros mismos, no nos importará cambiar y aumentar las virtudes, las cualidades brillantes de la mente. El pensamiento convencional del yo es necesario para generar ese cambio, para impulsar el avance en el sendero. Practicamos el Dhamma porque queremos ser nobles, queremos ser mejores de lo que fuimos ayer o en las existencias anteriores. El pensamiento convencional y el yo convencional sirven para impulsar nuestro avance en este recorrido, para reducir las impurezas y aumentar las luces de la mente, para crecer en compasión y sabiduría y no quedarnos estancados en la simple descripción de que “están ocurriendo ciertos procesos mentales” o “esta mente tiene tal o cual cualidades”.

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Uno puede hablarle a la mente de esa manera. Uno puede darle tareas, comandos, órdenes, imperativos. Este es el segundo paso de la práctica del Dhamma. En el primer paso no hacemos nada en el sentido de cambiar o modificar la mente: solamente la observamos para hacernos conscientes de los procesos mentales y de los contenidos mentales. En este segundo paso pasamos a la acción, a la intención de modificar la mente, de modificar la conducta. Para esto podemos sacarle provecho a la idea del yo pero, como ya dijimos, esto no será una contradicción con las Enseñanzas del Buddha siempre y cuando recordemos en todo momento que este yo es sólo una realidad convencional pasajera, inestable, imperfecta. Podemos perfeccionarla hasta cierto punto, pero nunca será completamente fija, permanente y perfecta. Y nunca será un yo metafísico eterno con el cual podemos vanagloriarnos o sentirnos superiores a otros seres. Podemos vanagloriarnos y sentirnos superiores, sí, pero eso será un engaño, una confusión, una fantasía (y eso es la tercera impureza: moha).

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Cada quien debe averiguar cuál es el método que necesita en un momento determinado. Lo mejor es usar los dos métodos porque uno es más activo que el otro, uno posee algo que el otro no. Al usarlos ambos, los complementamos y obtenemos el máximo resultado. El método de ordenar y corregir la mente por medio del yo convencional puede funcionar muy bien en un período determinado cuando lo que se necesita en ese momento es corregir la mente, redirigir la mente, impulsarla en una dirección positiva y noble. A medida que las impurezas se van debilitando, el otro método (la opción b) va tomando lugar cada vez más y se hace más frecuente, hasta el punto en que la persona se encuentra en una especie de estado meditativo (alerta, observando, viendo la vacuidad de yo, la insubstancialidad esencial del yo) todo el tiempo, incluso cuando está ocupada haciendo algo.

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Pero todo debe comenzar con la capacidad de observarse uno mismo y meditar para darse cuenta de lo que está ocurriendo en su propia mente: si no sabes lo que ocurre en tu mente, ¿cómo sabrás qué órdenes darle a tu mente o qué deberá ser corregido? Esta es la otra parte de la impureza de la ignorancia (moha): cuando la persona ni siquiera sabe lo que está ocurriendo en su propia mente, no está consciente de sus contenidos mentales, de sus procesos mentales y de cómo reacciona a los estímulos sensoriales. Esto es lo que el Buddha llama moha, literalmente no-conocimiento.

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Es bueno que la persona sienta vergüenza o temor moral o decepción de sí mismo o hastío, al hacerse consciente de que tal proceso mental, motivado por alguna de las tres impurezas, está ocurriendo en su mente. Esta reacción anímica desagradable de la persona se repetirá automáticamente cada vez que la mente caiga en el hueco de la impurezas y lo que ocurrirá entonces será que, en el momento en que la persona se haga consciente de un pensamiento impuro, automáticamente decidirá abandonarlo, ignorarlo, dejarlo ir, dejar que se extinga, como una voz molesta a la que uno deja de prestar atención. Esto ocurre porque uno normalmente no quiere sentir vergüenza de uno mismo, o temor moral o decepción de uno mismo o asco o hastío, consecuencias desagradables de ciertos pensamientos y acciones. Aquí está otra vez el yo convencional actuando, pero de una manera que nos conviene, de una manera positiva. Y por eso el Buddha también habló de la importancia de esta vergüenza moral o temor moral. Es bueno sentirlo porque es indicativo de que tendemos hacia el bien, hacia la pureza. Una persona profundamente hundida en las impurezas mentales, en el mal, en lo inhábil, no sentirá ninguna vergüenza o temor moral y eso será precisamente el indicativo de su precario estado evolutivo.

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Cuando sabes que los pensamientos ocurridos en la dinámica de las tres impurezas te llevan a esas consecuencias desagradables, entonces la mente automáticamente comienza a alejarse de las impurezas. A esto se refiere el Buddha cuando dice que uno debe conocer la causa y el cese de las impurezas, cómo las impurezas llegan a ser y qué es lo que causan en nosotros. Y también se refiere a lo que el Buddha dijo sobre la naturaleza luminosa de la mente: la esencia mental tiende a la pureza, no hacia la impureza. Nuestra persistente caída en las tres impurezas ocurre por miles y miles de existencias con las cuales hemos creado un terrible hábito, una terrible costumbre de caer una y otra vez en las impurezas, pero no porque las impurezas sean inherentes a la esencia de la mente o al ser humano en sí. El discurso del Buddha es positivo en este sentido. Las impurezas mentales no son la esencia de la mente humana, no son el núcleo inherente, interno, del ser humano, de ningún ser en el universo. Cuando el Buddha dice que la mente es en esencia luminosa, se refiere a toda la mente, a todo tipo de mente. Las impurezas son eso: algo que cubre, algo que obstruye, algo circunstancial, accesorio, incidental. Pueden durar cientos de existencias pero no son permanentes.

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Todo lo que he explicado hasta aquí con los ejemplos basados en lobha (codicia, avaricia, deseo, lujuria) aplican igual a los otras dos raíces. El mismo proceso de hacerse consciente de los pensamientos que ocurren con lobha es el mismo para hacernos conscientes de los pensamientos que ocurren con dosa y con moha. Lo único que cambia son los detalles y los contenidos. La dinámica de lobha es adictiva y son problemas que tiene que ver con el placer. La dinámica de dosa es repulsiva y son los problemas que tienen que ver con displacer, disgusto, desagrado, repulsión, y por tanto la rabia, la violencia, la agresividad que dicha dinámica produce como efecto secundario en los animales y en el ser humano. Dosa no es solamente cuando odiamos o despreciamos a alguien o algo, es también cuando algo nos da rabia, cuando algo genera violencia y agresividad en nosotros. Hay niveles sutiles de lobha, esas pequeñas adicciones a las cosas de los sentidos que también son difíciles de erradicar, así como hay niveles sutiles de dosa: esa agresividad pasiva y ese estado de malhumor en que muchas personas viven hoy, eso es dosa también.

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La rabia y el enojo son formas comunes de la impureza mental dosa (odio, aversión, desprecio).

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La raíz o impureza moha parece pertenecer a una categoría aparte. Ya no se trata aquí de atracción o repulsión sino de falta de comprensión. Generalmente se ha traducido moha como ignorancia o como no-conocimiento, y esto lleva en la práctica al error de ignorar una gran parte del dominio de moha: los procesos de engaño y auto-engaño, la ilusión, las fantasías, la confusión. Moha no significa solamente no-saber, significa no-saber correctamente. Una gran parte de nuestra civilización está basado en sueños y esperanzas. La publicidad, las novelas, el cine y la televisión promueven una cantidad inagotable de fantasías y sueños a los que la gente en masa se vuelve adicta. Todo esto es moha. Una gran parte de las religiones también contienen moha: las religiones que nos enseñan la existencia de un dios creador están basadas en esa fantasía, y también nos enseñan la existencia de un alma inmortal, de un yo permanente, de una chispa divina. Todo esto es ilusión, fantasía, confusión, engaño, no-saber correctamente. Todo aquello que involucre la intención de mentir y engañar, ya sea a nosotros mismos o a otros, es moha en acción. Esto puede usarse como entretenimiento (por ejemplo, el teatro, la literatura, el séptimo arte, se basan en procesos voluntarios y conscientes de engaño para fines lúdicos o de esparcimiento), pero cuando las personas se lo toman en serio entonces aparece todo tipo de fantasías y locuras colectivas, mitos, leyendas, falacias, prejuicios, estereotipos, sectas destructivas, etc.

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Las tres impurezas son cada vez más débiles en los planos superiores

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Las tres impurezas o contaminaciones, también llamadas las tres raíces del mal, es algo común a todos los seres no-iluminados, incluso los llamados “dioses” o “deidades” (los devas, seres de luz en dimensiones superiores que menciona el Buddha en los suttas), poseen en alguna medida estas impurezas. De los discursos en el Canon Páli yo infiero (y es sólo mi opinión) que a medida que ascendemos en los 31 planos de existencia las impurezas se van degradando una a una, se van haciendo más sutiles, comenzando por lobha, luego dosa y finalmente moha. Por ejemplo: en los planos más inferiores de Kama-loka (dimensiones sensoriales) las tres impurezas pueden ser muy fuertes, pero a medida que subimos, lobha se va haciendo más sutil. En el plano de los animales y humanos, lobha asume formas tan grotescas como las vulgares adicciones y la lujuria sexual. La tradición nos cuenta que en los planos de los devas en Kama-loka (planos 6 al 11) los seres ya no poseen sexo ni cuerpos de materia gruesa como los nuestros. En esos planos lobha asume niveles sutiles de manifestación: los devas viven adictos a la belleza de los paisajes, a perfumes y luces de colores, a la textura de ciertos materiales, etc. Allí no existen las vulgares adicciones y lujuria sexual que produce lobha en los planos 5 al 1.

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El ejemplo más citado de seres contaminados con lobha y dosa en los planos superiores de Kama-loka es el plano de los Máras, de los cuales Mára, el Oscuro, es el ejemplar típico. Este poderoso deva obtiene placer de las creaciones de los seres que viven en los planos inferiores al suyo. Es como un poderoso “arcángel” adicto a las substancias mentales y emocionales que producen los seres por debajo de él, tanto devas como humanos. De su comportamiento también puede decirse que posee dosa (animadversión, desprecio), aunque lo manifieste de una manera muy sutil, puesto que la tradición (e incluso el mismo Buddha) habla de cómo Mára “ataca” a aquellos que tratan de zafarse de la “cadena de producción en serie” que él ha diseñado para obtener su “droga” mental (esa droga mental de Mára son nuestros propios contenidos mentales impuros). Por supuesto que los ataques de Mára no son como las leyendas lo pintan: cuando el Buddha dice que Mára lanza flechas de placer, está hablando de manera metafórica. Quiere decir que Mára “ataca” incitando a aquello que él sabe que puede atrapar al ser humano en un estilo de vida que le conviene a él para obtener lo que quiere. Este comportamiento de “atacar” a otros seres, incluso si trata de “lanzarles” lo que les causa placer, sólo es posible cuando se tiene algún grado de dosa, porque aquellos seres que han trascendido las impurezas no atacan a nadie.

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Entonces dosa, en los planos 1 al 5, asume formas terribles, la más terrible de ellas creo que es la guerra. Los animales y los humanos manifiestan su odio lanzando piedras y bombas, exterminando seres y pueblos enteros. En los planos 6 al 11 algunos devas aún tienen dosa. La tradición cuenta cómo ciertos “dioses” viven peleándose entre sí, y algunos devas pueden odiar y sentir rabia como los humanos. Pero en estos planos ya no ocurren las horribles matanzas y genocidios que vemos en el plano humano. Las guerras de los devas son más civilizadas y no consisten en matar al enemigo: el sometimiento de alguna clase es mejor que eso, como ya explicamos con el caso de Mára.

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En las dimensiones de Rupa-loka (materia sutil), los planos 12 al 27, ya no hay lobha y dosa como en el Kama-loka. Y si acaso los seres en estos planos poseen estas impurezas, su manifestación es tan sutil que parece casi indetectable. Se nos dice que para renacer en estos planos los seres deben ser expertos en el logro de los cuarto jhana [la palabra jhana es la que dio origen al chan del budismo chino, y éste al zen del budismo japonés; los jhana son estados profundos de absorción meditativa]. Esto nos da la idea de que aquí los seres aún pueden poseer algún grado de lobha en la forma de adicción a la paz mental y a la tranquilidad. Los jhana son estados de absorción meditativa tan profundos y tan pacíficos que generan un placer supremo, muy sutil. El Buddha no habla mal de este placer supremo, sutil, pero nos da a entender que uno puede volverse adicto a él igual que como ocurre con cualquier otro placer sensorial. Podríamos pensar entonces que los devas que viven en los planos de Rupa-loka podrían tener algún tipo de adicción (es esto es lobha) a los placeres de los jhana, aunque eso no significa que el hecho en sí de vivir en un estado de jhana implique tener dicha adicción.

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Aquí en estos planos el Buddha nos dice que todavía hay moha: ignorancia, (auto)engaño. Este es el plano de grandes y poderosos devas, uno de los cuales ha llegado a creer que es el Dios Supremo creador del universo y de otros seres. Es el caso del Gran Brahma, el gobernante que habita en el plano 14. Como este ser fue el primero en aparecer en este plano (después de la Gran Explosión al principio de este período universal) y cómo él mismo vio aparecer otros seres en ese plano luego de que él deseara no estar solo allí, creyó que esos seres habían nacido como consecuencia de su deseo, de su voluntad. Pero el Buddha nos dice que tanto él como los seres que lo acompañan aparecen espontáneamente por causa de su propio kamma (al igual que todos los otros seres en el universo) y que ningún ser es un Dios Supremo creador del universo o creador de otros seres. La incapacidad de este Gran Brahma de ver la verdad, de ver las cosas como son, es una manifestación de moha, ignorancia, no-conocimiento, no-saber correctamente. Así el Buddha nos dice que, aunque los seres transciendan la impureza lobha y la impureza dosa, aun así la tercera raíz o impureza (moha) seguirá estando presente a menos que el ser logre el Despertar total y definitivo.

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¿Y qué ocurre con las dimensiones de existencia más superiores, los planos del Arupa-loka, el “mundo inmaterial”? El Buddha nos dice que los seres en estos planos están constituidos sólo de mente y que por lo tanto no pueden escuchar el Dhamma, la Enseñanza. Quizás han trascendido completamente las dos primeras impurezas, pero al no poder aprender la Enseñanza, no poseen conocimiento correcto. Esto es el nivel más sutil y sublime de no-conocimiento, es decir, de moha. Los seres que renacen en estos planos pueden ser excelentes, nobles, carentes de todo apego, de toda adicción, de todo deseo, carentes de todo odio, animadversión, desprecio, rabia, pero aún así no poseen la sabiduría total que viene cuando se extingue completamente la impureza moha. Seguramente ya no hay en estos seres fantasías, engaños, confusión, pero todavía hay cierto grado de ignorancia.

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Los seres superiores o devas, seres de luz, algunos de los cuales incluso son tan poderosos que parecen dioses o deidades, no son seres completamente iluminados. Los seres total y completamente despiertos, nos dice el Buddha, son los que han extinguido total y definitivamente las tres raíces o impurezas. Por consiguiente, son seres que no tienen ya morada en ninguno de los planos conocidos, ni en Kama-loka, ni en Rupa-loka, ni en Arupa-loka. La perfección que se alcanza al eliminar las tres impurezas parece ser incompatible con el mundo (el Buddha llama “mundo” a estos 31 planos de existencia): los seres total y completamente despiertos, puros, perfectos, ya no renacen en el mundo, pero tampoco dejan de existir absolutamente: se van a una “dimensión” o “realidad” extramundana que el Buddha llamó Nibbána. Nibbána no está en ninguno de los 31 planos de existencia. Nadie puede irse definitivamente al Nibbána si posee todavía las tres impurezas o alguna de ellas en algún grado. Tampoco es posible decir que los seres que se van al Nibbána se vuelven eternos o inmortales porque eso sería hablar en términos temporales sobre una realidad que está más allá del tiempo y del espacio.

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Lo único que se puede decir es que, los seres que alcanzan esa realidad son sólo aquellos que han extinguido completa y definitivamente los hábitos de conducta y la dinámica mental que llamamos impurezas o raíces del mal. Estos seres son incluso más excelentes y más raros (completamente puros) que los más grandes y poderosos devas del universo.

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Publicado originalmente en:

https://ramonemoralesc.wordpress.com/2017/06/19/kilesas-las-tres-im...

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