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Comentario por Emma Esperanza Acosta Vàsquez el mayo 3, 2015 a las 4:06pm

Querida Ma Ysabel gracias por el aporte, yo creo que a esta persona jamás va a olvidar esa experiencia de bienvenida porque el sismo la tomo en el mismo aeropuerto de Nepal, gracias a Dios que ya salió de allá. Abrazos Esperanza

Comentario por Maria Ysabél el mayo 3, 2015 a las 5:35am

       Querida Esperanza, aquí le comparto esta crónica estremecedora y sensible  de una periodista que vivió desde el primer momento de su llegada al lugar, los antes, mientras y después del terremoto: 

(Del MUNDO)


'Aprendí más en una noche en Katmandú que en 7 retiros espirituales'.

La productora de ARCO Colombia relata cómo sobrevivió al terremoto en la capital de Nepal.


Por:  DANIELA SÁNCHEZ 

1:15 a.m. | 3 de mayo de 2015

Cuando me contactó este periódico para escribir una nota sobre mi experiencia del sábado 25 de abril en Nepal, me dio la oportunidad de compartir un ejercicio que llevaba tres días tratando de hacer: escribir mi relato acerca del devastador terremoto que se ha llevado miles de vidas y ha dejado millones de damnificados.

Es un relato personal para tenerlo siempre guardado en un bolsillo y releer en esos momentos cuando la atención se concentra en cosas que no tienen importancia, toman horas de nuestro tiempo y se vuelven protagonistas de nuestras vidas.

Después de cinco meses maravillosos e intensos trabajando como productora de ARCO Colombia en Madrid, decidí tomarme un mes de vacaciones y aprovechar para hacer un viaje sola. Quería hacer un viaje espiritual, conocer los Himalayas y el budismo tibetano. Salí el 24 de abril con la intención de pasar dos noches en la capital nepalesa, luego volaba a Lhasa y volvía a Katmandú, en una travesía de ocho días en carro, atravesando las montañas y pasando una noche en el campamento base del Everest. De ahí, tenía diez días para conocer los pueblos entre Katmandú y Pokhara, y terminar el viaje con diez días de meditación silenciosa en las afueras de la ciudad. Estaba muy emocionada y preparada para mi aventura.

Aterricé en Katmandú a las 11:45 de la mañana del sábado 25 en un vuelo de Qatar Airways proveniente de Doha. Bajando las escaleras del avión a la pista, como se hace al llegar al aeropuerto Rafael Núñez, de Cartagena, lo primero que vi fue una estatua grande y dorada de Buda en un pedestal, dándome la bienvenida al país.

Entré por un pasillo hacia la sala de inmigración, que tenía varias mesas con formularios de visas; a la derecha, las ventanillas de inmigración, y a la izquierda, una fila de ventanas en dirección a la pista. Decidí hacer la última cola, la del fondo de la sala, porque era la más corta y estaba cerca de un counter para cambiar dinero.

Esta sala estaba en un segundo piso, pues desde la pista hasta la salida del aeropuerto la tierra desciende, porque el aeropuerto está construido en una loma. Alcancé a cambiar 100 euros por rupias y volví juiciosa a mi cola para rellenar el formulario.

En ese momento se fue la luz y lo primero que pensé fue: ‘bienvenida a un país del tercer mundo’. Sonreí acordándome de mi infancia en Bogotá, con apagones rutinarios. Luego empezó lo que llamo el murmullo de la tierra, un ruido que viene de todas las direcciones, una vibración que empieza de forma suave pero que rápidamente se va incrementando, el sonido puro de un terremoto. Esto vino con un mareo intenso, era difícil mantener el equilibrio y el piso se movía de un lado a otro. Al murmullo se unieron los gritos de pánico de la gente y mi primer instinto fue acercarme a la ventana, que estaba aproximadamente a un metro de altura del piso.

Miré hacia abajo y calculé un salto de dos pisos hasta el pasto. “No está grave”, pensé, y empecé a sacar mi mochila por la ventana y a alistarme para el salto, pero el terremoto se empezó a suavizar. Salí corriendo a devolverme por el pasillo para llegar a la pista y comenzó a temblar de nuevo, esta vez más duro. Se empezó a levantar el piso en el punto donde se unían dos pedazos de mármol y me tropecé, se me abrió el morral y se salió todo. Escuchaba la fuerza de mi propia respiración y el latido de mi corazón, y una voz me decía: “con calma, recoge solo lo importante y deja el resto”.

Al salir, sin aire, había mucha gente en la pista, quizás cientos de personas, los que acabábamos de llegar y aquellos que estaban esperando para salir del país, todos entre aliviados y asustados. Miré a mi alrededor y hacia las montañas, a lo lejos, en la atmósfera encima de los barrios del horizonte, había rayas de color arcilla; eran de polvo. A los diez minutos se convirtieron en nubes densas que no dejaban ver las montañas, polvo levantado por los derrumbes. Fui a buscar la estatua de Buda que me había recibido al bajarme del avión y estaba desaparecida; su pedestal, desmoronado.

Nos quedamos en la pista durante las siguientes seis horas, en las cuales seguía temblando esporádicamente, menos fuerte que la primera vez, pero aun así se hacía sentir la tierra. Era el lugar más seguro, un campo plano, grande, donde nada nos podía caer encima. Se pensaría que el aeropuerto era un lugar con información, pero tristemente no hubo ningún tipo de anuncio o liderazgo, un director de aeropuerto, un mensaje de policía, un anuncio de aerolíneas.

Empecé a investigar y decidí que lo más valioso que podía tener era información. Me acerqué a los policías y no sabían más que yo. Pregunté a los nepaleses que hablaban por celular con sus familias qué tan grave era la situación, qué decían las noticias, cómo estaba el barrio donde me iba a quedar. La información era escasa.

Decidí que, estando sola, iba a necesitar hacer amigos o unirme a un grupo para pasar el mal rato. Me acerqué a unas mujeres con chaquetas rosadas y zapatos de senderismo. Tenían entre 45 y 55 años, eran australianas, aventureras, y me adoptaron.

Mis ‘mamás gallinas’ me dieron agua y chocolate y me aconsejaron qué templos visitar, ya que en ese momento no había considerado interrumpir mi viaje. Salieron en el siguiente vuelo a Tíbet y volví a quedar sola, desamparada y asustada. Entonces vi a dos mujeres occidentales, que estaban en mi vuelo, indagando curiosamente y recolectando información. Eran noruegas que trabajan en una ONG, a quienes su equipo de manejo de crisis en Oslo les estaba mandando instrucciones para manejar la situación. Les recomendaron recolectar agua y comida, y salir del país como pudieran. Ahí supe que con ellas era con quienes me debía quedar.

Fuera del aeropuerto

Recolectamos cunchos de agua en botellas que íbamos encontrando y pasamos la tarde tratando de que nos montaran en el siguiente vuelo, pero el aeropuerto estaba cerrado y no había counters para reservar. Los de Qatar nos dijeron que no podían hacer nada porque ellos no respondían por un desastre natural y que nos las arregláramos nosotras. Mientras tanto, se sentía y se oía el murmullo de las réplicas. El ambiente general era de confusión, desorientación, angustia, alarma.

A eso de las 6 de la tarde nos obligaron a pasar inmigración y salir a la ciudad. Los minutos que estuvimos dentro del aeropuerto fueron de terror. Fuimos a encontrarnos con otra noruega, compañera de mis amigas de la ONG, en el barrio Lalitpur, que sería equivalente al norte de Bogotá, pero exponencialmente menos desarrollado. Encontramos una posada de un piso que tenía un gran parqueadero como patio en la entrada; era plano y no tenía edificios altos alrededor.

Éramos aproximadamente 20 personas, y todos rechazamos los cuartos que nos ofrecieron y optamos por dormir en el parqueadero, donde nos pusieron sillas, mesas con agua y pan, catres, y nos ofrecieron mantas. No había agua ni luz, solo una planta de electricidad que funcionaba para cargar los celulares. Me sentía segura. A menos que la tierra se abriera y nos tragara, estaríamos bien ahí para pasar la noche. Había recuperado mi equipaje, donde traía sleeping bag, cobija, almohada, medicina, iPad con la película Siete años en el Tíbet, todo lo necesario para el camping en Everest. Tenía hasta linterna.

Llovió esa noche, no dormí más de 40 minutos y había replicas más o menos cada hora. A lo lejos, las sirenas de las ambulancias.Pasé la noche intercambiando mensajes con mi familia y mis seres queridos, incluidas dos personas del Ministerio de Relaciones Exteriores que nunca he conocido en persona. Ellas me escribían constantemente, sé que no durmieron esa noche en Bogotá, pues no dejaron que me sintiera sola en ningún momento. Me dieron los datos de un contacto en la embajada de Estados Unidos, que iba a recibir a los colombianos, por si me quería ir para allá.

Así lucía la pista del aeropuerto internacional de Katmandú el día siguiente al sismo.

Así lucía la pista del aeropuerto internacional de Katmandú el día siguiente al sismo. Foto: Daniela Sánchez

Réplica al amanecer

Por suerte conseguí cupo en un vuelo que salía a Bangkok el domingo a la 1:30 de la tarde, aunque no se sabía cuándo volvía a abrir el aeropuerto, no teníamos información y cada aerolínea decía algo distinto.

A eso de las 5 de la mañana, perdida en rezo, empezaron a enloquecerse los perros del vecindario y los pájaros salieron a volar, produciendo una cacofonía de cantos, especialmente los cuervos. Anunciaban el próximo terremoto. A los pocos minutos se vino una réplica fuerte que levantó a los que dormían y estremeció las ventanas de la posada. Yo ya había empezado a calcular la duración de las réplicas, y esta no fue de más de diez segundos. Sentía que al cronometrarlas tenía cierto control en una situación caótica, me podía inventar mi propia lógica de sismología autodidacta. Seguí rezando.

A las 7 me fui con dos estadounidenses y un australiano al aeropuerto, me sentía más segura estando allá hasta salir del país. Como no había taxis, salimos caminando por la calle a buscar a alguien que nos diera el chance. El aire se sentía bochornoso y en él colgaba mucho polvo.

En camino al aeropuerto pasamos por andenes hechos pedazos –como si encima hubieran botado toneladas de piedras–, calles agrietadas, muros derrumbados. No pasaban 20 metros sin que fuera visible el impacto del terremoto. Los altares callejeros estaban ya irreconocibles. A nuestros lados, postes de luz con por lo menos 20 cables entre ellos, que se caerían en cualquier momento. Todos los negocios estaban cerrados.

Había un silencio extraño, la gente en la calle no lloraba aún, más bien intentaba hacerse chistes, nadie entendía nada. Las carreteras estaban vacías, no había motos ni carros, la gente caminaba sin rumbo, agrupada. Pasamos frente a un hospital con el patio exterior lleno de gente y camillas: aparte de estar lleno, nadie quería ir adentro. La ciudad daba una sensación destempladora.

Cuando llegamos al aeropuerto, había cientos de personas afuera, sin contar a todos los que habían acampado enfrente durante la noche. Todas las puertas estaban cerradas y a partir de las 10 de la mañana dos guardias empezaron a dejar pasar a los pasajeros por una puerta pequeña de vidrio, que estaba rota a causa del terremoto. Los iban llamando por vuelos: Delhi, Bombay, Paro.

Cuando mis amigos entraron quedé sola otra vez y caí en cuenta de que se iba llenando el aeropuerto y las salidas estaban bloqueadas. Mis músculos se tensionaron, vivía el miedo más profundo de mi vida. No había temblado en cuatro horas y, con la nueva pericia en movimientos sísmicos que me había inventado de la nada, concluí que se acercaba un temblor fuerte.

Empecé a dudar de todo, prefería quedarme en Katmandú unas noches más, durmiendo en el piso con mi kit de supervivencia, a entrar a un edificio sin salida, atascado de gente. Pero al mismo tiempo, a menos que fuera una enfermera, un doctor o un profesional en desastres, me convertiría en otra boca a la que dar de comer en la crisis humanitaria que estaba estallando.

Salió el sol a alumbrar la mañana nublosa y me alenté. Al mismo tiempo, me entraron mensajes de mis nuevos amigos de la Cancillería y de mi papá en los que me decían que el counter de Thai Airways ya estaba haciendo el check-in para mi vuelo, que me fuera. Ahí entró mi siguiente aliada, Genevieve, una australiana valiente, de 19 años, que andaba sola como yo. Admiraba su fuerza en un momento en que yo empezaba a perder la calma. Viajaba en mi mismo vuelo y llevaba meses de voluntaria en el pueblo Pepsi-Cola, llamado así por la fábrica que alberga.

A estas alturas de la mañana llegaba más gente y ya no estaban llamando por vuelos para dejar entrar, sino que habían implementado un sistema que, en medio de lo absurdo, parecía totalmente ilógico: el que más duro empujaba entraba. Pasamos la barrera y nos pusimos en fila. Yo dejaba mi maleta en la cola e iba hacia la puerta con el fin de estar lista para correr en caso de un próximo terremoto, que había concluido que iba a ser fuerte. Cuando se movía la fila, movía mi maleta y volvía a mi lugar seguro. La gente respetaba la cola. Llegué al counter y me dieron mi tiquete, subí corriendo al segundo piso, pasé emigración y llegue a una larga fila de seguridad. Estudié la sala para mi ruta de evacuación. No había marcos, pero estaban mis ventanas amigas de la vez pasada. Todo lo que aprendí en el colegio en Bogotá acerca de terremotos me vino a la mente.

Saqué la cabeza y miré hacia abajo. “Perfecto”, pensé, “un tobillo roto, no pasa nada”. Delante de mí, unas estudiantes deportistas de Bangladés que pasaban seguridad ‘con su avena y su pitillo’, como dicen en la Costa. Yo sudaba, tenía la misma ropa que llevaba desde hace dos días y olía el miedo que transpiraba en mi propio sudor.

Mi turno. Pongo mi morral en la banda de seguridad. Vuelve el murmullo, esta vez fuerte, bravo, todos perdíamos el equilibrio en esta réplica de 6,7 (grados en la escala de Richter). La gente gritaba. Me acerqué a la ventana. Afuera había vigas de construcción que bailaban a la música del murmullo, los gritos y mi mareo. Me preparé para pegar el salto cuando cuatro guardias de seguridad me vieron y me agarraron, cerraron mi ventana, no me soltaban. Seguía temblando y no podía correr.

Nunca sabré si me querían salvar, ya que no había hospitales con camas, o si no querían que los demás siguieran mi ejemplo. Sigo pensando que saltar era una brillante idea. Me soltaron, cogí mi morral y corrí hacia la pista. Me paró otro guardia en pleno terremoto porque me faltaba un sello de seguridad y se volvió a intensificar la vibración. Sentí terror, angustia y pánico. Corrí hacia la chica que manejaba los sellos, ella paralizada, pálida, le rogué que me diera el sello aunque mi morral no había alcanzado a pasar por la máquina, y me puso el bendito sello. Salí a la pista.

Agradecí al cielo, al aire y hasta a la Tierra, sabía que ya lo peor estaba detrás de mí. Había alcanzado a rendirme y a aceptar la muerte. Aprendí más en una noche en Katmandú que en siete retiros espirituales. Me conocí mejor que nunca y lo que fui a buscar en un mes lo encontré en 24 horas. Encontré aliados muy especiales en el camino; hay algo muy lindo en la solidaridad que despiertan las tragedias. Las noruegas, los estadounidenses y la australiana ya están todos a salvo en sus casas. Mis pensamientos, mi pésame, mis energías de esperanza van hacia los nepaleses y todos los que no tuvieron mi suerte, los que no han podido salir, los que duermen mojados, enterrados, hundidos, solos. Los que no pueden dormir. Soy muy afortunada de vivir para contar mi pesadilla pavorosa y aterradora, pero la tragedia no termina.

Colombia, sin desaparecidos

El Ministerio de Relaciones Exteriores informó ayer que ya fueron resueltas las 41 solicitudes de localización de colombianos en la zona afectada por el terremoto del fin de semana pasado.

De ellos, 12 no requieren asistencia, 7 siguen a la espera de acompañamiento para salir de Nepal y 22 ya están fuera de ese país, incluido un menor de edad. Se trata de un parapentista de 17 años que el día del sismo entrenaba para un mundial de su especialidad. De acuerdo con la agencia de noticias EFE, el listado oficial de extranjeros fallecidos por el desastre natural contabiliza más de medio centenar. La mayoría eran de India y el resto, de China, Francia, Japón, EE. UU., Australia y Estonia.

DANIELA SÁNCHEZ
Especial para EL TIEMPO
BANGKOK

Comentario por Emma Esperanza Acosta Vàsquez el mayo 2, 2015 a las 2:14pm

Querida Ma Ysabel, gracias por su aporte, si los científicos dicen que la placa de la India se está moviendo debajo de la Nepal y ya han sucedido varios terremotos en esa zona con 80 años más o menos de diferencia, lamentablemte Nepal tiene un gobierno de tipo comunista-maoista, ideologías que mantienen a las poblaciones en la mayor pobreza y nunca se han preparado para estos eventos a sabiendas de que sucederán. Gracias, abrazos Esperanza

Comentario por Maria Ysabél el mayo 2, 2015 a las 7:37am

     Querida Esperanza, ¡que trabajo más interesante! ¡Una sorpresa, -para mí-, descubrir la importancia y trascendencia del pequeño alado. Bellísimo trabajo Amiga. 

     Aquí le pongo una entrada de mis alertas, sobre el caso: 

Movimiento de la superficie tras el terremoto de Nepal

       Con datos obtenidos del satélite Sentinel-1A de la ESA, la imágen muestra dónde y cómo se ha hundido y levantado el terreno en el terremoto del 25 de Abril. En la frontera de las placas tectonicas de la India y Eurasia, el azul muestra zonas que se han elevado hasta 80 cm., hacia el satélite (línea de visión), que podría ser causado por una elevación de vertical de 1 m.


       El espacio en amarillo, señala áreas de subsidencia (proceso de hundimiento vertical del suelo), un movimiento que suele producirse en las zonas de subducción (donde una placa se situa debajo de otra), en los terremotos. 

      Esta imagen se ha generado utilizando datos adquiridos por Sentinel-1A antes y después del terremoto, informa el Centro Aeroespacial Alemán (DLR).

        ¡Gracias Esperanza! ¡Abrazos!

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