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LA VERDADERA REVOLUCION TRANSFORMADORA Por: Douglas Morales

Es evidente que tiene que haber una revolución radical. El sufrimiento que nos rodea lo exige. Nuestras vidas lo exigen. Aunque en apariencia haya orden, en realidad lo que hay es una lenta descomposición..., putrefacción... y vivimos por tener una porción de esa descomposición creyendo que es lo único que nos salvará. Al observar las guerras, los incesantes conflictos entre todas las personas, las tremenda desigualdades económicas y sociales, vemos que hace falta una transformación completa. Tiene que haber una revolución, pero no una revolución basada en una idea, en una creencia. Semejante revolución es tan sólo la perpetuación de lo mismo, no una transformación radical. Una revolución basada en una idea produce derramamiento de sangre, destrucción y caos.

Esta transformación siempre la tomamos como si fuese algo a alcanzar. Es mucho más fácil pensar en que la lograremos en un futuro: al final nos habremos transformado, al final seremos felices, al final hallaremos la verdad; pero mientras tanto, ¡¡continuemos como hasta ahora!!. Una mente así, que piensa en el tiempo futuro, es incapaz de actuar en el presente; por lo tanto esa mente no busca la transformación, simplemente la rehuye. La transformación no es para el futuro; jamás puede serlo. Sólo puede ser ahora, de instante en instante. La transformación es algo muy sencillo: ver lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. Ver también la verdad en lo falso, y ver lo falso en aquello que ha sido aceptado como verdad.

Cuando vemos muy claramente que algo es la verdad, esa verdad es liberadora. Cuando vemos que algo es falso, eso termina desapareciendo.

Cuando por ejemplo vemos que la división de la humanidad en clases, religiones, países... es falsa, que engendra conflictos, sufrimiento y división entre las personas, cuando vemos todo eso, esa misma realidad de verlo resulta liberadora. La percepción de esa misma realidad es la que transforma. Y como estamos rodeados de tantas cosas falsas, el percibir de instante en instante esta falsedad... es lo que transforma. La verdad no se acumula; se da de instante en instante. Lo que se acumula... lo acumulado es el recuerdo, la memoria, y mediante la memoria jamás podremos hallar la verdad.

Para descubrir lo nuevo, la vida, lo eterno, de instante en instante, se requiere una percepción extraordinariamente alerta, una mente que no busque resultados, una mente que no trate de llegar a ser algo o alguien. Una mente que se esfuerza por llegar a ser algo no podrá nunca conocer la plena satisfacción; no me refiero a la satisfacción del egocéntrico ni a la satisfacción que da el logro de un resultado, sino a la satisfacción que se produce cuando la mente discierne lo real de lo que no lo es. La percepción de esta verdad es de instante en instante.

La transformación no es una finalidad ni un resultado. Cuando deseamos vernos transformados, seguimos pensando en términos de futuro, de finalidad y consecuencia posterior. Así no conocemos el verdadero "estado de ser", donde existe la plena dicha que no pertenece al tiempo. Este estado atemporal del ser puede producirse cuando existe una gran insatisfacción-por ejemplo-; no la insatisfacción que ha conseguido una vía de escape, sino la insatisfacción que no tiene salida ni escapatoria, que nos produce una gran pena de la cual no es posible huir.

Es entonces, que en ese estado de profunda insatisfacción, posiblemente surja la realidad que nos hará sentirnos plenos. Los grandes sufrimientos pueden ser joyas valiosas para comprender la verdad de las cosas. Esta realidad ni se compra, ni se vende, ni se repite, no puede ser bajada en Internet ni leída en lo libros. Es captada de momento a momento, dándonos cuenta que estamos vivos, en una sonrisa, en una lágrima, observando unos niños, contemplando la naturaleza, deteniéndonos en aquello que para nosotros normalmente “no importa”. Cuando ese estado de “presente” brota, nace el verdadero amor. El amor no es diferente de la belleza ni de la verdad. El amor es ese estado en el cual el proceso del pensamiento-tiempo, ha cesado completamente. Donde hay amor, hay transformación. Sin amor la revolución carece de sentido, pues entonces es mera destrucción, desintegración, es un sufrimiento que va creciendo cada vez más. Donde hay amor hay revolución, porque el amor es transformación de instante en instante.

El dolor, el miedo, el deseo, la dependencia, el apego... existen en tanto prevalezca la exigencia auto-impuesta de "ser" o de "llegar a ser", lo que es igual a: la persecución del éxito, con todas sus frustraciones y todas sus contradicciones.

La consciencia real surge espontáneamente cuando uno se halla rodeado de una atmósfera de bienestar interno, de plenitud, cuando existe internamente la sensación de seguridad, que no tiene nada qu

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